Victimización de la mano de Enrique Pérez Guerra

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El último ponente del día 16 de noviembre va a ser Don Enrique Pérez Guerra. En su ponencia tratará de la victimización.

De nuevo, considero que es un lujo tener a otra gran persona, persona comprometida a todos los niveles, en nuestro panel de ponentes. Enrique Pérez es Licenciado en  Psicología y en Pedagogía por la Universidad de Salamanca. Además ha cursado especialidades universitarias en Criminología y en Victimología Infantil en la Universidad de Baleares y trabaja actualmente de Educador Social en Fiscalía de Menores de Palma de Mallorca. Y además es autor de “Las Tardes Escondidas” (Edt. Popular) y “Las Miradas que Quedaron Atrapadas en el Espejo” (Edt. Pirámide).

Para presentarnos el tema de su ponencia nos envió un texto precioso escrito con ese arte literario que tiene en el que toca muchos puntos de la victimización. Vamos a compartir aquí un extracto que trata de los falsos mitos, un punto clave en la tarea de sensibilización:

“La ignorancia de la sociedad (una ignorancia fruto en buena parte de hacer la vista gorda) alimenta los muchos equívocos acerca de quienes somos.

Recojo a continuación los que me salen al paso aunque, seguramente-desgraciadamente, me dejaré más de uno en el tintero:

1º: Las víctimas de ASI (agresión sexual durante la infancia) escaseamos. Somos pocos y pocas. Constituimos una minoría tan poco representativa que por insignificante es políticamente más práctico dejarnos a un lado.

José Luís Vega, otrora profesor mío, estableció que en torno al 18 por ciento de los varones lo han (hemos) sufrido y, trasladado a la población femenina, dicho porcentaje ascendería a 25.

Los estudios desde otras fuentes arrojan datos cercanos.

A mí las estadísticas me aburren. Puedo sólo dejar constancias de que, desde que hice pública esa parte de mi memoria, se han acercado muchas personas para confidenciarme recuerdos que enturbian la infancia. La llegada de intrusos en la inocente piel.

2º: Somos gente muy rara. Debemos ser, tal cual representa ese imaginario popular, seres psicológicamente contrahechos y deformes. Personas incapaces de sostener su propia vida.

Cuando yo era niño, en el ambiente castrense en el que transcurría mi vida,  era muy repetida a mi alrededor la palabra “dignidad”. El sentido que la acompañaba atendía al pundonor, el porte altanero y la hidalgía. Obligación la mía de huir de todo resuello de indignidad. Flaco favor me tenía deparado el destino.

Al cabo de una vida y de haber sido notario de mucha de vejación humana ha vuelto a interesarme el concepto de dignidad. No obstante, si tuviera que definir ahora tal palabra lo haría a través de una afirmación: Dignidad es vivir en convencimiento de que la propia vida merece la pena ser vivida. Por supuesto un convencimiento no fruto de una noche de fiesta sino de una experiencia densa, profunda y maderada.

Pasa lo de siempre, pues no somos seres extraños, la dignidad cuesta más ser alcanzada por unos que por otros. A nosotros, víctimas de ASI (agresión sexual durante la infancia), nos lo han puesto cuesta arriba.

3º: Somos seres lejanos. Habitamos en los titulares periodísticos, en las proclamas de los candidatos a la consejería de bienestar social, en algún tweet o en las conferencias del APA. Es imposible encontrarnos en la escalera, en la peluquería de la esquina, en la salida del gimnasio cuando vamos a recoger al niño o en la cola del INEM.

Resulta curioso. La gente se indigna más, o expresa con mayor vehemencia esa indignación, cuanto de más lejos llega la negra noticia. Filadelfia, Irlanda o Austria, lugares que se supone nada tienen que ver con nuestra vida cotidiana. Parecen ubicados en aquellas aburridas clases de la EGB, en los folletos de la agencia de viajes o en algún programa de Españoles en el Mundo. El repudio encuentra entonces libertad para hacerse obsceno.

Cuando la víctima fue una niña llamada Teresa, Montserrat o Rosa y es ahora la mujer que vive dos portales arriba o con la que te cruzas cada noche sacando el perro… entonces, ese ánimo furibundo se enfría.

En las antípodas: sí. En mi barrio: no.

Un colegio de más de dos mil alumnos. Ofrecí, temeridad la mía, dar una conferencia sobre el tema. La presidenta del APA sostuvo mi proyecto de exposición como si fuera una bolsa de aspiradora que ya ha cumplido su función. Mirada de asco. “Bueno… pero esas cosas no pasan en este colegio”.

La conferencia no encontró lugar, ni siquiera como posibilidad a cotejar.

Un escándalo de pederastia que acabe de saltar a los titulares. La gente está hablando sobre él y yo estoy en medio. Es curiosa la mirada que ponen, más bien la mirada que retiran, cuando digo que mi infancia no fue ajena a esa realidad.

4º: Somos todos iguales, como si estuviéramos cortados por el mismo patrón.

Yo creo que es consecuencia de la lejanía. Los subsaharianos son todos iguales al igual que los chinos. Que son muchos, por supuesto, pero todos igualitos.

Mientras más lejos de nosotros más uniformidad.

Los extraterrestres seguro que son todos gemelos, a pesar de que debe ser bien grande el universo.

Si nos asomamos a cualquier compendio sobre los cuadros patológicos consecuentes a una experiencia de ASI (agresión sexual durante la infancia) descubriremos, al primer párrafo, que la pluralidad y dentro de ella la contradicción es el único común denominador. La anorexia es una posible invitada, la bulimia también. La hipersexualidad, véase el excesivo apego al sexo, convive como posibilidad con la fobia hacia toda forma de comunicación sexual.

Hay quienes paralizan hasta atrofiar su actividad introspectiva y quienes la hipertrofiamos hasta que el pensamiento queda absorto por el continuo cuestionamiento de nosotros mismos.

Yo conozco, tengo la satisfacción de conocer, a muchas víctimas y doy fe de que, si se nos distribuyese por zonas a cada grupo común, constituiríamos entre todos un zoológico basto y variopinto.

Ahora mismo tengo en mente una gran amiga mía que a partir de su experiencia como víctima presentó durante su adolescencia una rebeldía hiriente (enfrentamientos, fugas de casa, drogas…). Mi adolescencia respondió a un patrón en extremo opuesto (silencio, quietud, acatamiento, autolesiones…).

5º: Somos breves. No me refiero a que nadie suponga, y menos anhele, que vayamos a durar poco en este mundo. Por ahora yo he alcanzado los sesenta y dos años.

Trato de poner el acento en que se cree que la experiencia victimaria es algo acotado en el tiempo. Duraría, según este erróneo criterio, lo mismo que dure la relación perversa impulsada por ese adulto y, a lo sumo, un posterior período de tiempo marcado por las secuelas emocionales. Como el hematoma tras un golpe o como la cola de un cometa.

Poco a poco la homeostásis de la vida nos devolvería a la situación anterior; al mismo modo de ser que definía nuestra estancia en la vida.

“Estas cosas se pasan… Al final lo olvidarás… Ya verás que no es para tanto”.  He oído mensajes así dirigidos a pequeñas víctimas. En los juzgados proliferan como las setas en el bosque. Supongo que también en los centros de salud y en los servicios sociales. Que estas afirmaciones encubren una mentira piadosa, por supuesto. También se dicen, lo cual es más deplorable, porque el adulto conocedor del caso y que tiene delante a ese niño o niña se siente en la obligación de decir algo… lo que sea. Tenemos aquí miedo a nuestro propio silencio.

Sin descartar estos dos motivos, creo que tales mensajes se sustentan sobre la creencia de que la ASI (agresión sexual durante la infancia) es algo que ocurre y, por tanto, dura mientras ocurre. ¡Error! No es algo que ocurre, es algo que se vive.

Dejemos, por una sola vez, de dejar de centrar nuestro interés en lo que hace el pederasta y pongámonos en la piel de esa persona que tiene a su lado. La que se encuentra o se ha encontrado demasiado cerca de él.

James Rhodes es un pianista de música clásica que comparte conmigo, además de su pasión por Bach, la profanación de su infantil desnudez.

Ha escrito un libro muy interesante: “Instrumental”. Personas que también lo han leído califican el texto de demasiado duro. Narra por escrito, como también hice yo, su experiencia.

Entre otras encontré en su lectura afirmaciones, a modo de absolutos, que me resultaron iluminadoras de tan certeras.

Una de ellas es: “El abuso comienza cuando acaba el abuso”.

En términos de jurisprudencia sería un disparate. Finalizado el hecho de autos nada es punible.

La verdad vista en tiempo real y desde dentro es bien distinta.

Sabes que los encuentros con ese hombre no van ya a tener lugar y, sin embargo, no sabes dónde ubicar dentro de la memoria de ti mismo esos recuerdos.

Empiezas a descubrir que no serás capaz de olvidar y que, aunque lo fueras, el poso de sensaciones con las que fuiste inundado permanecerá siempre contigo.

Llegas a la edad en la que tienes que empezar a andar entre los tuyos, los que debieran ser los tuyos, y apenas sabes andar. Y finges. Fingir las venticuatro horas del día es muy cansado. Representar que allí no estuviste y que la infamia te es ajena.

Quienes tienes a tu alrededor te exigen que te definas como ser sexual pero en tu silencio no sabes quién eres.

Entrada la adolescencia a nadie daba a leer lo que yo estaba escribiendo. Nacida de mi letra recuerdo de una frase: “Me estrello contra las paredes del pensamiento”. Sería imposible ahora expresar con mayor relieve plástico esa incapacidad para detener el autocuestionamiento. Palpar y palpar las paredes de tu celda oscura.

Pepa Hornos sugiere que la seña distintiva del ASI (agresión sexual durante la infancia) con respecto a otras formas de maltrato es la sensación de suciedad, asco hacia nosotros mismos, que las víctimas arrastramos.

Quien regenta el pensamiento es la culpa. Quien regenta el sentimiento es la repugnancia.

En la historia de ti mismo hay una grieta profunda y cenagosa. Ensayas mil tretas de autoingeniería para recomponer un mínimo de armonía en tu paisaje. De poco sirve. En el fondo de esa hondonada cientos de voces se entrecortan. ¿Cuál es la tuya?

6º: Somos víctimas pero sólo del pederasta. El perjuicio que sufrimos nada más es consecuencia de la acción de ese adulto entrometido. Él no cuenta con cómplices, informantes, facilitadores ni encubridores.

La primera lección de victimología reza que hay tres estadios de  victimización.

Victimización primaria engloba todos los perjuicios directamente derivados de la acción del autor del delito.  Victimización secundaria los perjuicios derivados de la respuesta social. Victimización terciaria los derivados de la elaboración interna del delito.

Habrá que recurrir a un ejemplo. Te roban la cartera. Además de la pérdida del dinero que llevaras, está el pánico durante la amenaza, el estrés de llamar a las compañías de crédito para que anulen las tarjetas, la pérdida de tiempo al ir a Comisaría para presentar la denuncia y encargar un nuevo D.N.I., la humillación, la nostalgia por aquella foto que siempre llevabas de la niña cuando aún era niña, la desconfianza para volver a deambular por la calle… Todos estos perjuicios directos como consecuencia la acción del ladrón.

A eso se suma el tono socarrón del taxista que te acerca a casa mientras comenta que, “tal cual se están poniendo las cosas, no se puede ya ir confiado por la calle”, la larga espera en Comandancia de la Policía Nacional, la escasa empatía durante las preguntas del atestado y el vecino que presume de llevar un spray repelente.

A la mañana siguiente, como cualquier día, acudes al trabajo. No cuentas nada. En el bolsillo agazapado el nuevo D.N.I. La vergüenza que escondes dentro de ti obliga a que huyas de las sonrisas, contenidas o insinuadas, de los compañeros. “¡Lo que no te pase a ti…!” de antemano ha sido reemplazado por “¡Lo que no me pase a mí…!”.

La presión victimizante de la sociedad en los delitos de ASI (agresión sexual durante la infancia) se convierte en crucial. En el mundo rural más de un caso he conocido en el que la ciudadanía toma partido abierto por el adulto. La feligresía con mayor vehemencia ha cerrado y cierra filas en torno a su párroco.

En el mundo de los menores de edad la victimización secundaria se descubre a flor de piel. “¡Puta!”… “¡Maricón!” darán la bienvenida nada más llegar al colegio.

Sumemos a eso la presión de las redes. Los chats y las fotos colgadas.

De la parte que me toca pude librarme. El precio que tuve que pagar fue un silencio rígido y agneico. La voz cangrenada.

¿Se es más cruel a esa edad? Yo creo que más sincero.

7º: Somos un peligro en potencia.

“Que hayan hecho eso contigo aboca irremisiblemente a que lo acabes haciendo tú”.

Mi vida valdría como desmentido de tan nefasto augurio. Sin embargo, en su momento lo viví como la mayor amenaza pesando sobre mí. “Cuánto queda para hacerme como él?”.

La semilla del diablo; seguramente el mito más demoledor que nos persigue.

Ha formado parte de la victimización secundaria. Sobreentendidos en tela de araña tejidos al rededor una infancia. Siguen aquí, blindados por nuestro ser colectivo.”